El hombre de la habitación 612

Updated: Nov 4, 2019

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Algunos años atrás mi padre, Juan, trabajaba en el área de seguridad de uno de los hoteles más importantes en el centro de la Ciudad de México.


El grandioso hotel de Guillow, ubicado junto al Templo de la Profesa, el cual albergó en un principio la casa de ejercicios espirituales de los jesuitas, donde los miembros de esta orden se recluían para expiar sus culpas.


Tiempo después, el edificio dejó de ser propiedad de la Iglesia católica, y en el marco del primer centenario de la Independencia de México, el entonces presidente Porfirio Díaz lo reinauguró ya como hotel.


El lugar siempre estuvo en constante movimiento, los guardias monitoreaban las cámaras todo el día, el chef trabajaba en la cocina y las recamareras se hacían cargo de la limpieza como de costumbre.


Un viernes en la noche mientras mi padre junto, a sus compañeros, Oscar y Uriel, monitoreaban las cámaras del cuarto piso, cuando visualizaron una extraña silueta enfrente del cuarto 612, ahí se encontraba un hombre delgado que vagaba por los pasillos revestidos de terciopelo rojo.



El hombre murmuraba palabras que no podían ser escuchadas a través de los micrófonos del hotel; mi padre y su compañero Oscar, se dirigieron a investigar aquel extraño sujeto.

Al llegar al cuarto piso, lo único que encontraron fue el silencio de un largo pasillo y el grito ensordecedor proveniente del cuarto 612.


Al entrar a la recámara mi padre cayó al suelo, cuando una de las mucamas se abalanzó encima de él completamente despavorida: “había… Un hombre sin rostro… que me pidió que me quedara con él”.


La mujer estaba completamente fuera de sí, se colocó en un rincón y con la cabeza entre las manos, y no paraba de repetir la misma frase, “acompáñame, acompáñame”.

Oscar, levantó a la mujer y la llevó hacía el lobby; mientras mi padre decidió entrar a la habitación 612 que había sido desocupada desde tiempos del Porfiriato.


El cuarto era oscuro con muebles que databan del siglo 18, los remaches rechinaban como si jamás los hubieran aceitado y el brillo de la luna apenas se colaba intermitente entre las persianas.


Después de un breve recorrido mi padre salió de la habitación, mientras se comunicaba con Uriel en el cuarto de cámaras: “No hay nada, repito no hay nada, cambio”.


Mi padre salió de la habitación. Las luces del pasillo comenzaron a parpadear y el radio-comunicador empezó a fallar: “Juan, me copias, Juan me co…”; la radio dejó de funcionar y del cuarto de monitoreo Uriel gritaba con todas sus fuerzas,“VOLTEA, JUAN, DETRÁS DE TI”.


Las luces parpadeantes del pasillo hacían que mi padre caminara cauteloso por el piso, de entre el cuarto de monitoreo, Oscar, el compañero de mi padre veía como un hombre delgado con una túnica blanca caminaba detrás mi padre sin que este se diera cuenta.


Oscar corrió a toda velocidad al cuarto piso y encontró el pasillo completamente oscuro, luz intensa de la lámpara en el suelo se asomaba desde la entrada del cuarto 612, y de entre los muebles se hallaba mi padre tirado, repitiendo la misma frase: “acompañame, acompañame”.


Después de aquel suceso, mi padre jamás volvió a ser el mismo y la habitación 612 nunca más volvió a ser abierta, aunque algunas personas cuentan que por las noches la silueta de un hombre se distingue entre las ventanas de aquella habitación maldita.


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