¡Adios, María!

Updated: Nov 4, 2019

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Yo siempre fui una chica curiosa, me encantaba salir con mis amigos y saltarme las clases de la preparatoria.


Un día me encontré con uno de mis mejores amigos, Carlos, mejor conocido como “Charly”, él y otros amigos organizaron una salida a Xochimilco, uno de los pueblos más bonitos y con más tradición de la ciudad.


Nos juntamos siete amigos: Manuel, Montserrat, Javier, Bernardo, Lupe, Charly y yo; y nos fuimos a Xochimilco en la camioneta del papá de Manuel. Su papá era jardinero y usaba su camioneta para trabajar.


Llegamos a Xochimilco y empezamos a jugar basquetbol cerca un deportivo que estaba al lado de un cementerio.


Estábamos jugando cuando vimos una procesión fúnebre, eran cerca de ocho personas, en su mayoría hombres mayores que a duras penas podían con el ataúd.

Decidimos acompañar a la procesión y ayudar a cargar la caja.


Eran a simple vista gente humilde, usaban ropa de manta, guaraches de cuero y sombreros de paja desgastados por el paso del tiempo y los rayos del sol en el campo.


Al llegar al camposanto, noté las caras bañadas de tristeza de los presentes, el dolor se sentía a cada paso, las bocas arrugadas de los familiares entonaban oraciones casi imperceptibles y el padre de la fallecida tomó la palabra.


- “Adiós mi niña bonita, ¿por qué te me juites (sic) tan pronto?


El ataúd se abrió para mostrar el cuerpo de una jovencita de unos 16 años, casi de nuestra edad. La vimos ahí tendida, sin vida, con ese color canela descolorido que un día parecía tan vivo.


El padre de la pequeña sacó de entre sus ropas viejas un pañuelo que contenía un precioso anillo del color del sol, la joya tenía incrustada una preciosa esmeralda en el centro, el brillo era tal que encendió un extraño fuego en algunos de mis amigos.

- Descansa en paz, mi niña bonita, adiós mi María.


El hombre colocó el anillo en el dedo anular de la pequeña y cerró el féretro para darle el último adiós a la que en vida fuera la niña de sus ojos.


Después de que el último tramo de tierra cubrió por completo el féretro, el cementerio se quedó vació, excepto por nosotros.


Decidimos tomar unas cervezas en el cementerio y al calor de las copas, Charly sugirió algo que algunos quizá ya tenían en mente…


- ¿Y sí le quitamos el anillo?


Yo me enojé y les dije que era el último regalo de su padre.


- ¡Ay, qué tiene!, ella ya ni lo va a ocupar.


Después de una larga discusión, Bernardo, Manuel, Javier y Charly tomaron las herramientas de la camioneta y comenzaron a escarbar en la tumba.


Parecía una escena de terror. Me llené de rabia cuando vi las siluetas de mis compañeros llenos de codicia profanar la tumba de una adolescente.


Bernardo abrió el féretro y ahí estaba la pequeña María sin vida, con su ropa de manta y el cabello largo y negro que le cubría los hombros.


Javier tomó la mano de la pequeña, “está bien tiesa” dijo. Él trababa con todas sus fuerzas de arrancar el anillo pero parecía como si María no quisiera entregárselo. Manuel tomó las tijeras que su padre normalmente usaba para cortar el pasto y ordenó a Javier: “córtale el dedo”.


El eco de las tijeras cortando el dedo anular de una adolescente muerta de 16 años aún se escucha en mi cabeza.

La noche y la lluvia nos alcanzaron, parecía como si el cielo estuviera llorando. Subimos de prisa a la camioneta con el anillo de María en la mano.


El auto no encendía y después de exactamente tres intentos arrancó. El camino estaba lleno de lodo; la noche y la lluvia dificultaban la visibilidad.


A mitad del camino la silueta de una joven mujer nos sorprendió pidiendo auxilio.

-¡Déjala entrar! Les grité.


La joven entró en la camioneta y se sentó entre mi amiga, Lupe y yo. Su abundante cabellera negra le cubría completamente el rostro y no dejaba de tocarse la mano.

La chica no paraba de gemir y llorar, tocaba su mano y empecé a notar chorros de sangre que no dejaban de brotar de su mano.


- ¿Qué te pasó?, ¿Estás bien?


- Me lo cortaron… me lo cortaron… ¡ME CORTARON MI DEDITO!


El corazón se me heló, mis ojos se dilataron en su máxima expresión, mis músculos se contrajeron y comencé a tartamudear...


- ¿Qu… quié…quién?, ¿Quién te cortó tu dedito?


La joven asomó uno de sus ojos de entre sus negros cabellos, apretó su vestido con la mano, levantó la mirada y respondió…



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